Resumen
Un mundo en permanente cambio, un mundo que se nos ha quedado largo, un mundo que no comprendemos, un mundo que nos hacer estar corriendo tratando de alcanzar distintas metas sin tener tiempo para disfrutar del proceso. ¿En qué mundo estamos viviendo?, ¿seremos capaces de retomar los principios de Vida para la Vida y dejarnos de someternos al “capitalismo de la vigilancia? Os invito a reflexionar, junto con algunos autores actuales, sobre nuestra situación de vida en pleno siglo XXI.
Crisis y cambios
Distintos estudiosos destacan la enorme dimensión de la crisis actual, incidiendo en que la diferencia es que en las anteriores crisis-etapas de sistemas-mundo, siempre quedaba la esperanza que el Estado diera luces y lo resolviera. Todos esperábamos que cada Estado nos brindara las estrategias para una nueva etapa de vida. Esto implicaba que los seres humanos confiáramos en las Instituciones que nos gobernaban y creyéramos en sus propuestas. Al mismo tiempo, los gobernantes se dejaban aconsejar por los otros estamentos que constituían la sociedad: ciencias, filosofías, religiones, empresarios, sindicatos, etc., de manera que se podían ir resolviendo las crisis por partes y en distintos tiempos.
Era el mundo del “poder” (capacidad de hacer y terminar las cosas) y la “política” (capacidad de decidir qué cosas debería hacer el mismo estado y qué otras deberían resolverse en el ámbito global). Éste es el mundo que se derrumbó y que nos ha dejado en el limbo, en una gran crisis civilizatoria, como dicen algunos (Huntington, 2005; Semanal, 2015; Wallerstein, 2007; Zucman, 2015) o en una “falta de agente” como sostiene (Bauman & Bordoni, 2016).
Ahora no son los Estados los que tienen el poder y la política para resolver los problemas, sino el mundo de las finanzas globales. Es el mundo financiero el que dirige el mundo y los gobernantes sus títeres. Cada Estado pretende resolver “sus” problemas sin entender que ya no existen “mis” problemas al margen de “nuestros” problemas. El mundo se globalizó financieramente y eso convirtió el sistema-mundo-actual en un gran mercado. Todo tiene un precio y nadie se salva de esa imposición.
Por primera vez en la historia de la humanidad, vivimos “en el seno de un fenómeno histórico capital: la aparición de una primera mundialización constituida por la diáspora planetaria de la humanidad y la extrema diversificación de sus lenguas, costumbres y culturas” (Morin, 2015).
Bauman (2003) denomina la etapa actual como “modernidad líquida” porque nada en la incerteza, la inseguridad, la movilidad, la competición exacerbada, el individualismo, el hacerse visible a toda costa (de ahí el crecimiento sin límites de las redes sociales), nada a medio y largo plazo y que comenzó en la segunda mitad del siglo XX dando lugar a una gran crisis ética.
Esta crisis ética se fundamenta, según Bauman (2016: 96-97-98), en la “iglesia del crecimiento económico” que tiene sus pilares en:
- una ideología del consumo;
- el concepto de progreso centrado en el control del humano sobre la Tierra;
- la santísima trinidad: economía + ciencia + tecnología.
Por otro lado, pero bajo los mismos planteamientos (Morin, 2015) nos habla de una crisis multidimensional que abarca los siguientes aspectos:
- falta de diálogo y desprecio entre saberes;
- internet: desorden cultural de saberes, rumores y creencias;
- degradación de las solidaridades tradicionales (gran familia, vecindario, trabajo);
- pérdida o degradación del superyó de pertenencia a una nación;
- ausencia de un superyó de pertenencia a la humanidad;
- individualismos cuya autonomía relativa es menos responsable que egocéntrica;
- generalización de comportamientos inciviles, comenzando por la ausencia de saludo y cortesía, compartimentación de oficinas, de los servicios, de las tareas en una misma administración y empresa; ausencia generalizada de relaciones, desmoralización o angustias del presente y del futuro.
Estos aspectos tienen mucho que ver con el miedo de todos y cada uno de nosotros a los cambios. Nos hemos acostumbrado a vivir en una “zona de bienestar” y nos hemos creído que esto es pasajero y que volveremos a la comodidad de nuestros hogares re-organizados. Además, los seres humanos como creadores y lúdicos que somos, siempre encontramos espacios-tiempos para escaparnos de la realidad y gozarnos la vida a nuestra manera, independientemente de las noticias y las quejas reiteradas en que “esto ya no hay quien lo aguante”. Somos seres festivos y cualquier disculpa es buena para una celebración: comida, bebida, música, danza y diversos eventos culturales que emergen por doquier ¿Escape o necesidad?
Los tiempos actuales marcan los ritmos de vida, de estrés del “todo ya” parece que hemos olvidado el goce por la espera, la paciencia por dejar madurar las cosas y el disfrute del camino, del cual la meta solo es un valor añadido. Y sobre todos estos aspectos tiene mucho que ver y decir la educación en la actualidad.
Hemos aprendido a compartir espacio con los demás, “sin estar con” quienes compartimos esos espacios. La tecnología nos une y nos separa a la vez, pues si bien podemos contactar en décimas de segundo con cualquier persona en cualquier lugar del mundo, no es menos cierto que esa tecnología nos sumerge y aliena del entorno en el que vivimos. Somos incapaces de compartir, de crear en común-unión, de respetar la Vida para la Vida de la permanencia. Hemos perdido la calma del trabajar para el “mañana” (como hacían nuestros antepasados) en función de un ritmo trepidante del “hoy para el hoy”. Todo se vuelve obsoleto en semanas o días. Todo llega al mercado con “fecha de caducidad”. Estamos llenando el planeta de basura que todavía no hemos aprendido a reciclar.

El ser humano es creador por naturaleza. Simplemente abriendo la ventana de nuestro cuarto nos damos cuenta de la maravilla que brilla a nuestro alrededor y del desastre. Somos nosotros mismos, los que construimos (eros) y los que destruimos (tanhatos). No podemos huir de esa doble condición humana. Parece que, en unas épocas históricas ha brillado en Gaia el eros y en otras épocas y/o culturas ha brillado tanhatos.
La historia de la humanidad ha sido una historia diversa y larga en que cada pueblo, nación, país ha vivido conforme a sus culturas y maneras de entender y comprender su relación con los otros y la naturaleza. En función de ese mundo relacional se han fijado modos diversos de ser y estar en el mundo (corporeidades). Cada una de esas corporeidades han llevado a cabo conocimientos que derivaron en distintos logros (materiales, personales y sociales) y que supusieron los grandes avances de la humanidad en todos sus aspectos: biológicos (salud, alimentación, etc.), sociales (derechos humanos), tecnológicos, políticos, económicos.
Según distintos estudiosos de las más diversas áreas de conocimiento, el problema estriba en el “síndrome consumista” que nos está devorando. El consumo de todo tipo (material y relacional) se nos ha ido encarnando y, de tanto vivir dentro de él, se nos ha vuelto invisible, transparente, pasa desapercibido. Se nos hace tan “normal” vivir-en-el-consumo (usar y tirar) que ya no admitimos que sea posible vivir en la permanencia de cosas y personas.
Pero, además de lo dicho, el sistema-mundo del siglo XXI está enfocándose al dominio de la “alta tecnología” que, desde Silicon Valley nos invade. Ya no es solamente que tengamos más “herramientas” en nuestras manos para “facilitarnos” la vida y dejarnos más tiempo para VIVIR. Sino que el mundo se robotizó y robotizará a un ritmo frenético de manera que no tendremos tiempo, energía ni posibilidades para ser capaces de vivir en y con él (Harari, 2015, 2016, 2018; Lanier, 2018, 2019).
Más aún. La tecnología ha pasado de ser una herramienta a ser un fin en sí mismo que utiliza el capitalismo para robarnos nuestra identidad y sumergirnos como dice (Zuboff, 2020) en “la era del capitalismo de la vigilancia”. ¿Somos conscientes de esta realidad que vivimos?, ¿estamos dispuestos a entender este mundo y cambiar de vía?
Síntesis
Todos los datos indican que en diez-quince años otro mundo se nos presentará ante nuestros ojos y no sabremos conducirnos en él. Tendremos que re-aprender a ser y estar en el mundo, en un mundo totalmente desconocido y para el que nadie nos ha preparado. Lo único que se tiene claro es el “cambio”, es decir, aprender a vivir en permanente cambio con lo que ello significa de estrés, frustración y un excesivo grado de incerteza del cual no sabremos cuáles serán las consecuencias para la especie humana. ¿Será su fin como anuncian no pocos estudiosos? O, como dicen otros, ¿es el principio de un cambio hacia otras maneras de ser y estar en el mundo? De nosotros depende. ¿Nos ponemos a trabajar?
Referencias
Bauman, Z., & Bordoni, C. (2016). Estado de crisis (1ª ed.). Paidós.
Harari, Y. N. (2015). Sapiens. Debate.
Harari, Y. N. (2016). Homo Deus (1ª ed.). Debate.
Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI (J. Ros, Trans.; 1ª ed.). Debate. (21 Lessons for the 21st Century)
Huntington, S. (2005). El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (1ª ed.). Paidós.
Lanier, J. (2018). Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (1ª ed.). Debate.
Lanier, J. (2019). ¿Quien controla el futuro? Debate.
Morin, E. (2015). Enseñar a vivir (1ª ed.). Nueva Visión.
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Wallerstein, I. (2007). La crisis estructural del capitalismo (1ª ed., Vol. 1). Desde abajo.
Zuboff, S. (2020). La era del capitaismo de la vigilancia (Albino Santos Mosquera, Trans.; 1ª ed.). Paidós.
Zucman, G. (2015). La riqueza escondida de las naciones (1ª ed.). Siglo XXI.